Editorial zut 7

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16 enero, 2015 at 4:29 pm  •  Posted in Editorial by  •  0 Comments

Imaginen un día en el que, no sabemos cómo, pudiera controlarse quiénes protagonizan nuestras fantasías sexuales. Inmediatamente la Sociedad General de Autores, sí que sabrá cómo, se pondría a la noble tarea de recaudar para los inspiradores de actos masturbatorios, un canon que satisficiera sus derechos de imagen, utilizados por los ciudadanos en su vana intimidad. Lo bueno es que habría gente que viviría de lo que facturase gracias a las pajas que inspira a desconocidos -o no tanto-; lo malo es que es mejor no pensar en las parejas que se romperían cada fin de mes cuando llegaran las facturas desglosadas en las que se indicaran a quiénes les había dedicado cada uno sus más lascivas fantasías. Esa excursión a la intimidad de cada quien puede parecer, con toda razón, absolutamente inverosímil, pero ya tenemos un primer paso con el canon digital recientemente puesto en marcha y gracias al cual, por satisfacer la demanda de la Sociedad General de Autores, los compradores de discos vírgenes, puertos de USB y otros artefactos tendrán que pagar como sospechosos de actividades ilícitas, pues se supone que esos artefactos los utilizarán grabando obras de las que otros son autores con derechos a ser recompensados. Si es bien cierto que la piratería es un tiburón peligroso que ha rebajado muchos enteros las ganancias de los creadores, no lo es menos que legislar considerando por principio que el ciudadano es sospechoso y por serlo ha de pagar una tasa, nos coloca en una situación delicada, de estado policial. Bien es cierto que, como dicen los abogados de la SGAE, precisamente por la dificultad de demostrar que el ciudadano no va a cometer un delito después de comprar su producto, el canon es muy bajo, pero lo que aquí importa es esa deducción que decide lo que el ciudadano, sin excepciones, va a hacer con su compra. Un “por si las moscas” que si aplicáramos a otros productos nos llevaría a un sinsentido grotesco, pues aflorarían otros cánones tan disparatados como este: cuando compramos un coche, habría que pagar un canon a la dirección General de Tráfico, por los semáforos que podremos saltarnos en rojo con el coche recién comprado; cuando compramos un cuchillo tendríamos que pagar un canon por si lo utilizamos para herir a alguien en vez de para cortar un filete; cuando compramos un cuaderno tendríamos que pagar un canon por si nos da por copiar en él bonitos poemas de otros…Y así hasta llegar al no va más de este nuevo estado de fiscalización de la intimidad: el tarareo. Tendríamos que pagar un canon no más nacer por las canciones que tararearemos, canciones que no son nuestras sino de sus autores, y por cuya reproducción tendríamos que pagar cada vez que las tararearamos. Algo así es lo que propone este canon digital que nos convierte en sospechosos inmediatos y decide que “por si las moscas” tenemos que aceptar esa condición pagando unas monedas a autores cuyas obras, quizá, no nos interesen nada.

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