Editorial zut 8

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17 enero, 2015 at 4:29 pm  •  Posted in Editorial by  •  0 Comments

No es por asustar, que no es nuestro estilo, pero da igual donde mires: parece evidente que los bárbaros ya han llegado, que han ocupado puestos de relevancia pública e imponen su moral. Al principio nos conformamos con dejarles diseñar zapatillas de deportes y hacer algún que otro atrevimiento publicitario. Después les dejamos escalar posiciones, imponer su fascinante -por simple- escala de valores, según la cual la cantidad era la encargada de fijar su calidad. No hubo fuerzas para discutir tan sabio apotegma porque quienes podían discutirlo se iban encerrando en sus cuevas, decían adiós al mundo para dedicarse al dulce sestear en el que calmaban sus conciencias. Había, o queríamos creer que había, aún un lugar al que los bárbaros no podían entrar, o entraban pero admitiendo que allí sus reglas no valían: la sede del saber, el templo del conocimiento, la Universidad. No, no se rían, por mal que fueran las cosas era bueno tener ahí ese refugio, la creencia de que al menos, el humanismo, derrotado en todas las lides, subida a primera división en todos los escenarios los juguetitos electrónicos, la tecnología religiosa, tenía al menos ese ghetto para seguir respirando. Y ya ven, los bárbaros entraron en el ghetto, facilitada su entrada por pedagogos generosos a los que se les ha ocurrido pedirle productividad a la Universidad, transformarla en una nave tutelada por las empresas con la aquiescencia de nuestros gobernantes: sólo se potenciarán las licenciaturas que las empresas consideren beneficiosas para sus negocios. Esto, naturalmente, está dicho muy exageradamente, pero háganse una idea de lo que viene.

Seguramente es verdad que ha habido un cambio de paradigma en Occidente y que ese cambio de paradigma no puede expresarse mejor que en esta última puñalada recibida por la Universidad. Los resultados de ese movimiento según el cual la Universidad no tendrá que ver con Educación, sino con Innovación, ya están a la vista: en España, se ha dicho, sobran las publicaciones y faltan patentes. Patentemos, hagamos por fin que la Universidad sea una de nuestras mejores empresas, aunque para ello tengamos que encontrarnos -perdón por recurrir a las anécdotas, pero dicen mucho de cualquier situación, como bien saben los novelistas- con ingenieros, médicos, abogados, que apenas saben expresarse. Mires donde mires las señales de la llegada de los bárbaros son cada vez más evidentes: en un programa de televisión protagonizado por niños, la presentadora no se enerva, sino todo lo contrario, cuando los oye hablar del solo asunto que capitanea sus vidas: el dinero. Quieren ser futbolistas, actores o políticos, no porque quieran serlo de veras, sino porque creen que son los que más ganan. Hasta aquí hemos llegado en la evolución de la democracia: el capitalismo de mercado lo convierte todo en mero producto. Ya digo, estamos exagerando. No importa demasiado porque la reacción es imposible, y la inercia de las cosas la que manda. No deja de ser paródico que celebremos los cuarenta años de Mayo del 68 con el ingreso de la Universidad en el entramado de la Empresa. Pero es que la parodia es el único género posible hoy en día: otro ejemplo, una cantante muy sufrida, declara que ha compuesto un tema que suena mucho en el que dice la palabra agua en diecisiete idiomas, para concienciar a la gente del grave problema que padecemos. Intente hacer una parodia de eso. Sólo habrá una manera: repetir exactamente las palabras de la cantante. Todo es parodia ya, o no es nada… Y sin embargo, por las costuras de las cosas impuestas, de la publicidad aplastante, del muermo que nos venden como gran cultura todos los sábados y los domingos, se cuela de vez en cuando algo de verdad, algo de encanto, algo de interés. Son esas cosas que se cuelan por debajo de las costuras de las cosas impuestas a las que se les piden beneficios para sobrevivir, las que en zut buscamos desde el primer número. Ya lo dijimos entonces: somos una isla. Y ser una isla es una de las pocas cosas respetables que todavía nos dejan los bárbaros.

 

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