El Libro por Nicolás Casariego

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26 enero, 2015 at 12:28 pm  •  Posted in Letras by  •  0 Comments

EL LIBRO, por Nicolás Casariego

 Me los como.

Me los como porque quieren que les coma.

Me los como porque no soy inferior a nadie.

Hace dos semanas, cuando llegué el lunes a la oficina, se quedaron muy impresionados. En lugar de una camisa amplia y pantalones anchos, vestía un traje de chaqueta azul marino de Zara que me sentaba como un guante. Me había cortado el pelo y ahora lo llevaba liso en lugar de rizado, a imitación de una modelo que aparecía en una revista que hojeé en la peluquería. Además me había maquillado un poco –sombra en los ojos y los labios pintados de color ciruela-, y llevaba pendientes de aro. S., una de las dos secretarias de personal, me preguntó si tenía una boda y yo fingí no haberla oído aunque tomé nota de la indirecta. A lo largo de la mañana todos los empleados me hicieron algún comentario al respecto, salvo el director, que no levantó la vista cuando subí a su despacho y le entregué un sobre. La subdirectora, por ejemplo, me sonrió por primera vez desde que trabajo en la empresa y me dijo que se me veía muy guapa.

Más cambios. Durante la jornada laboral sólo visité el chat de brujas.com durante media hora, y cuando tuve que hacer recados, no me paré como de costumbre a zamparme unos bollos o un pincho de tortilla. Al coger el teléfono traté de que mi voz sonara más agradable que nunca, y debí lograrlo, porque varios de los clientes habituales creyeron que había una nueva telefonista.

Me quedé a trabajar hasta las nueve de la noche, y cuando mi jefa directa, la secretaria de dirección, me preguntó al marcharse qué ocurría, le dije que nada de nada. Simplemente quería dejar todo resuelto y no me importaba salir más tarde. También me ofrecí para realizar cualquier tarea, y ella, muy amable aunque un poco sorprendida, me respondió que por ahora me limitara a hacer mi trabajo.Todavía es pronto. Ya se enterará de que soy una mujer nueva.

Me los como porque tengo un hambre insaciable.

Me los como porque no pienso dejar nada para mañana.

Me los como porque no me interesa el dinero, pero lo atraigo.

En casa de mis padres mi florecimiento fue un poco más complicado. Durante el fin de semana anterior, pese a las discusiones y luchas continuas con mi madre, logré pintar mi cuarto. Apenas dormí. Elegí un color sedante para las paredes, el gris rata, un azul profundo y soñador para el techo, y un azul claro para los armarios. Salvo algunos problemillas con la pintura anterior y con los desconchones, quedó espectacular.

Como tuve que vaciar por completo el cuarto, aproveché para desembarazarme de todo lo negativo. Tiré toda la ropa cuyo único fin era esconder mi gordura; las fotos del colegio, de los primos y de mi exnovio; los pósters de cantantes ya fracasados o muertos; las calificaciones y los cuadernos del colegio; los cedés con canciones oscuras o tristes; el edredón con dibujitos de Minnie; todos los peluches, incluyendo a “Sonrisas”, el oso panda gigante; el crucifijo de madera regalo de la abuela, y las colecciones de muñequitos de los pitufos y de latas de cerveza. Mientras sacaba las bolsas de basura, llorando a moco tendido, con madre pegada a mi trasero gritándome que si estaba loca, dudé por un momento si merecía la pena un esfuerzo tan grande, pero al final me sentí liberada.

El domingo por la noche, aunque estaba lo que se dice fundida, y tras cocinar unas lentejas a la riojana, senté a mis padres en la salita que siempre tiene las fundas blancas de los sillones puestas y les expuse la nueva situación. A madre casi le da un ataque de apoplejía, y padre se puso todavía más triste de lo normal. Madre trató de boicotearme primero con gritos, después con bufidos y por último con un llanto desconsolado, pero yo no me eché atrás. Todos los puntos de mi agenda quedaron claros: se acabaron los fines de semana en el pueblo; se acabaron las vacaciones todos juntos en el apartamento de Cullera; se acabaron las visitas de los domingos a sor A., mi tía monja; se acabó lo de que yo cuidara a la abuela siempre que se ponía enferma; se acabó lo de que no hacía falta un lavaplatos porque siempre fregaba yo; y se acabaron los interrogatorios sobre mi vida privada y los sermones acerca de mis expectativas laborales y mis novios imaginarios: en fin, se acabo lo se daba.

Sólo hubo un momento delicado: cuando madre gritó que si les pensaba humillar de esa manera, por qué no me marchaba de casa. Mi respuesta, rápida y concisa, la dejó sin habla: porque todavía no había encontrado adónde ir. No era cierto del todo, porque a ese motivo habría que añadir el de índole estrictamente económico, pero salí del paso airosa.

En cuanto a mis amigas, fue algo más sencillo. C., V. y R., las brujitas, me duraron lo mismo que una tableta de chocolate a la puerta de un internado. Quedamos el martes después de comer en la cafetería de siempre y nos pedimos la merienda acostumbrada: café y browny con helado y nata montada. Como es lógico, antes de poner las cartas boca arriba, me lo comí todo. Cotorrearon sobre asuntos y problemas insustanciales, gorjearon, rieron con la boca llena y suspiraron cuando recordaban el último polvo guarro que se habían echado con alguien del chat. Las conversaciones que antes me resultaban familiares, chispeantes y cálidas, ahora se me antojaban ajenas y vacías. En el concurso de quien era la brujita más traviesa del mes ganó V., que se había tirado a un barrendero que le puso el trasero del revés.

En cuanto me tomé el último sorbo de café, me sinceré. Les dije que eran unas zorras sin futuro y unas amargadas, que su vida se reducía a chupársela a hombres sin futuro y amargados, y que no tenían ningún plan. Les dije que no podía ser que su sueño fuera que les tocase una lotería a la que ni siquiera jugaban. Les dije que su compañía era un lastre a mi florecimiento, y que eran parte de lo negativo en el universo. Me llamaron gorda, fea y de todo, pero yo aguanté casi sin llorar, agarrándome a la idea de que hay que soportar la verdad por cruel que sea. Si no quieren evolucionar, si no quieren limpiarse y ascender la escalera de la vida, qué se le va a hacer. Yo no me voy a hundir en el lodo con ellas. Eso sí, al salir a la calle, se me encogió el estómago. Por un lado nunca me había sentido tan poderosa, pero por el otro jamás había estado tan sola.

La vida es una escalera que no pienso dejar de subir.

La escalera de la vida se sube con ilusión, perseverancia y dedicación.

La ilusión, la perseverancia y la dedicación son las tres respuestas al éxito.

El éxito es para quienes lo persiguen y no le temen.

El miedo es el alimento de los fracasados.

Quedaba Z. Iba a ser difícil desembarazarse de Z. Reflexioné mucho sobre Z. Mientras me duchaba, mientras hacía la compra, mientras caminaba desde casa hasta la parada del metro, mientras comía sola, pensaba en ella. Z. era mi mejor amiga desde el instituto, cuando se incorporó a mitad de octavo, el día que le rompieron las gafas y me regaló un lápiz rojo. Z. era la superamiga, la superconfidente, la supermujer. No era como las demás. Era fuerte y rebelde y madura y simpática y cariñosa y solidaria y lista y divertida y sabia y generosa. Z. era mucha Z. Pero, ¿no decía el libro que había que romper con todas las ataduras del pasado negativo y paralizante?¿Qué hacer con ella? La idea de traicionar nuestra amistad casi me hizo vomitar. Estuve a punto de tirar el libro a la basura. Pero después de pensarlo bien, decidí hacer una excepción. Z. y el libro podían convivir. Aunque Z. formara parte del pasado negativo, de la oscuridad, ella era luz. Me daba algo de vergüenza contarle lo del libro, porque una intelectual como ella seguramente lo despreciaría, pero necesitaba compartir con alguien mi experiencia. Y ese alguien sólo podía ser Z.

Nos citamos el jueves por la noche en una cervecería y nada más verla la abracé con todas mis fuerzas. Casi la ahogo, porque Z. es bajita y esmirriada. Ella se dio cuenta inmediatamente del cambio, de que yo era otra mujer. Me miró fijamente con esos ojos diminutos de un verde esmeralda que tanto destacan en su rostro renegrido, y calló hasta que yo comencé a explicárselo todo. Uno por uno le conté cada salto, cada golpe en pos del florecimiento integral. Cuando acabé, Z. suspiró. Levantó la pinta de cerveza y se la bebió de un trago. Pidió al camarero otra. Se la bebió también de un trago. Eructó sin querer. Y por fin tomó la palabra. Me preguntó de dónde había sacado tantas ideas. Le expliqué que había entrado en una librería y que la portada de un libro había llamado mi atención. Mostraba el dibujo de una mujer muy fuerte y muy bella que explotaba como si fuera una bomba, rompiendo sus ataduras. Leí el título: La mujer poderosa. Cómo triunfar en todas las batallas de la vida. La autora era una psicóloga norteamericana muy famosa y, por qué no decirlo, muy guapa y elegante. Lo compré. Al llegar a casa me encerré en mi cuarto y me tumbé a leer en la cama. Lo leí de un tirón. Es la primera vez que me ha pasado en mi vida. Estaba escrito para mí y según pasaba las páginas lloraba de alegría. Cada frase contenía más sabiduría que todo lo que había aprendido en el colegio. Nada de rollos complicados, nada de paja, todo referido a la vida real. Lo releí varias veces antes de dormirme, y, como le dije a Z., casi me lo aprendí de memoria.

  1. calló. Pidió una tercera pinta, y yo le dije que se estaba pasando un poco, que debía de tener la panza hinchada y las neuronas disparadas. Esta vez no se la pudo tomar de golpe. La bebió a sorbitos, esforzándose mucho y sin dejar de mirarme fijamente. Z. es mucha Z: Sus ojillos verdes titilaban. Le pregunté su opinión sobre mi evolución. Acabó con la pinta, ahogo un eructo y respondió de un modo del todo inesperado: me soltó un bofetón, sonrió y se desplomó contra el suelo.

La llevé en brazos hasta un taxi, la metí como pude en la parte de atrás, y la acompañé hasta su casa, en Leganés. Z. vive en el ático de una casa de ladrillo, estrecha y de sólo cuatro plantas. Cogí las llaves de su bolso de flecos y la subí por las escaleras. Aunque Z. sea menuda y sólo fueran cuatro pisos, tuve que tomar aire en el descansillo del tercero, depositándola con cuidado sobre la madera. Allí tumbada, encogida y gimoteante por los efectos del alcohol, casi no parecía Z.

Antes de acostarla, Z. vomitó. Me quedé un par de horas, en parte para comprobar que estuviera bien, y en parte porque su guarida me encanta. Huele permanentemente a incienso, los muebles están cubiertos con telas indias de colores alegres, hay dos capillitas con budas y velas para meditar, de las paredes cuelgan objetos africanos y étnicos, los techos están pintados como cielos estrellados, hay por lo menos cincuenta libros, sobre la televisión descansa una figurita luminosa de la diosa Shiva, la cama está en el suelo, en la sala de estar hay una salamandra bien provista de leña y la cocina es de carbón. Antes de irme, por curiosidad, abrí la nevera: sólo tenía tres tomates, cuatro pepinos, una lata abierta y oxidada de atún en aceite de oliva, una jarra con zumo de uva natural, una tableta de chocolate, un congelado de verduras con gambas y otro de pescado. Así es Z.

Me los como porque estoy dispuesta todo.

Me los como porque sólo importa lo que soy ahora mismo.

Me los como porque ayer yo sólo era un proyecto y hoy soy una realidad.

Sigamos. Han pasado casi dos semanas y algunos asuntos han evolucionado. Mi objetivo número uno en la oficina es ascender a medio plazo de telefonista a secretaria de personal, quitándole el puesto a S., y poco a poco voy avanzando. Me he apuntado a un curso de inglés para administrativos –se desarrolla por internet, con tutoriales una vez por semana-, le estoy sacando a S. toda la información posible sobre sus tareas y he comenzado una relación de los errores que comete y del tiempo que pierde en llamadas a sus hijos o en diversiones que no tienen nada que ver con su trabajo. Mi jefa directa, la secretaria de dirección, futura destinataria de toda la información reunida sobre S., ya me mira de otra manera. La última semana le resolví un par de asuntos personales y si continúo así en unos meses me convertiré en imprescindible para ella. No me ha vuelto a preguntar por qué me quedo hasta las nueve de la noche porque ahora sabe que mi última hora es suya, de su propiedad.

En mi casa se respira un ambiente muy tenso, pero lo sé sobrellevar. Mi madre me odia, o más bien odia a la mujer en la que me he convertido: más fuerte, más ambiciosa y más práctica que ella. Para poder evadirme de la presión que ejerce sobre mí, he tenido que relajar mis objetivos con respecto a las relaciones personales. Sigo teniendo muy claro que necesito un novio formal, futuro padre de mis hijos, con un buen sueldo y todo eso, pero he caído otra vez en el chat de brujitas.com… y he vuelto a quedar con X. Me había dejado más de diez mensajes desde la última vez. Al encontrarnos no comentó nada sobre mi nuevo aspecto. Subimos a la pensión de Gran Vía y amortizamos la hora de la habitación hasta el punto de que tuvieron que aporrearnos la puerta para que saliéramos. He de reconocer que X. estuvo inmenso, y yo me sentí más segura. Por primera vez me atreví a sugerirle qué era lo que me apetecía y a él pareció gustarle mucho mi iniciativa. Fue muy raro oír mi propia voz diciendo cosas que antes me daban vergüenza. Antes de volver al trabajo tuve que entrar en un bar y tomarme un sol y sombra para no perder los nervios.

Con X., además, ocurrió algo gracioso. En uno de los cuatro entreactos, mientras charlábamos, comentó que le habían robado el libro que me había enseñado la última vez. Se refería al LIBRO con mayúsculas, al de La mujer poderosa. Estaba molesto porque, pese a que esté dirigido a mujeres, lo había empezado y le estaba enganchando. Se lo regaló en broma una amiga, o una amante, vete a saber, y no parecía sospechar que era yo quien se lo había birlado. Sí, la ladrona fui yo, no era cierto aquello que le conté a Z., no lo había comprado en una librería, sino que vi como asomaba la portada de uno de los compartimentos de la mochila de X., y lo tomé prestado. Por un momento temí que X. iba a llegar a la conclusión de que yo había sido la ladrona, pero el muy inocente creía que había sido alguno de sus compañeros de trabajo. No se fía de ellos porque son comerciales de puerta a puerta, como él. Eso me gusta de X.: no le gusta la gente igual a él. A mí, antes del libro, me pasaba lo mismo: odiaba a los fracasados como yo; ahora les sigo odiando, pero yo ya no soy uno de ellos. Y ahí está la cuestión: X. no sospechó de mí porque ya no me veía como una igual, sino como alguien superior. Una mujer como yo, que se estaba volviendo sofisticada hasta en la cama, no podía robar un libro. ¿No es muy tierno por su parte pensar así acerca de mí? Si le vuelvo a ver quizá se lo preste, o le cuente la verdad. Al despedirse, X. me apuntó en un kleenex su número de teléfono real, no como las otras veces, que me había dado uno falso. Si X. también desea florecer, no hay que descartarle del todo: es joven –sólo tiene veintiún años- y aunque le falta algo de carácter, tiene futuro.

Me los como porque soy aire, roca, fuego y mar embravecido.

Me los como porque soy capaz de engendrar y de crear vida.

Me los como porque soy mujer.

¿Y Z.? Z. me ha dado la mayor alegría de todas. Después de no haber recibido noticias desde la noche de las pintas de cerveza y la vomitona, me llamó. Había estado diez días encerrada en casa, deprimida, sin dejarse caer por ninguno de sus trabajos de ayuda a necesitados o gente problemática. Eso le ocurre a menudo a Z.: se vuelca tanto en los demás, que al final explota. Para colmo su novio nigeriano la ha dejado plantada, después de haberle ayudado con los papeles. Pues bien, nadie puede con Z.. Ha retomado fuerzas y me ha pedido que le lleve mi libro. Quiere fotocopiarlo y está dispuesta a que florezcamos juntas. Está harta de no enfrentarse a la realidad y dispuesta a vencerla con sus propias armas. ¿No es maravilloso, Z., el libro y yo juntos? Me siento tan bien, que incluso me he permitido una pequeña mejora.

Nos los comemos.

Nos los comemos porque quieren que nos los comamos.

Nos los comemos porque Z. y yo no somos inferiores a nadie.

Nicolás Casariego, 2005

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