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No es por asustar, que no es nuestro estilo, pero da igual donde mires:
parece evidente que los bárbaros ya han llegado, que han ocupado puestos
de relevancia pública e imponen su moral. Al principio nos conformamos con
dejarles diseñar zapatillas de deportes y hacer algún que otro atrevimiento
publicitario. Después les dejamos escalar posiciones, imponer su fascinante
–por simple– escala de valores, según la cual la cantidad era la encargada
de fijar su calidad. No hubo fuerzas para discutir tan sabio apotegma porque
quienes podían discutirlo se iban encerrando en sus cuevas, decían adiós al
mundo para dedicarse al dulce sestear en el que calmaban sus conciencias.
Había, o queríamos creer que había, aún un lugar al que los bárbaros no podían
entrar, o entraban pero admitiendo que allí sus reglas no valían: la sede del
saber, el templo del conocimiento, la Universidad. No, no se rían, por mal que
fueran las cosas era bueno tener ahí ese refugio, la creencia de que al menos,
el humanismo, derrotado en todas las lides, subida a primera división en todos
los escenarios los juguetitos electrónicos, la tecnología religiosa, tenía al
menos ese ghetto para seguir respirando. Y ya ven, los bárbaros entraron en
el ghetto, facilitada su entrada por pedagogos generosos a los que se les ha
ocurrido pedirle productividad a la Universidad, transformarla en una nave
tutelada por las empresas con la aquiescencia de nuestros gobernantes: sólo se
potenciarán las licenciaturas que las empresas consideren beneficiosas para sus
negocios. Esto, naturalmente, está dicho muy exageradamente, pero háganse una
idea de lo que viene.
Seguramente es verdad que ha habido un cambio de paradigma en Occidente
y que ese cambio de paradigma no puede expresarse mejor que en esta última
puñalada recibida por la Universidad. Los resultados de ese movimiento según
el cual la Universidad no tendrá que ver con Educación, sino con Innovación,
ya están a la vista: en España, se ha dicho, sobran las publicaciones y faltan
patentes. Patentemos, hagamos por fin que la Universidad sea una de nuestras
mejores empresas, aunque para ello tengamos que encontrarnos – perdón por
recurrir a las anécdotas, pero dicen mucho de cualquier situación, como bien
saben los novelistas– con ingenieros, médicos, abogados, que apenas saben
expresarse. Mires donde mires las señales de la llegada de los bárbaros son
cada vez más evidentes: en un programa de televisión protagonizado por niños,
la presentadora no se enerva, sino todo lo contrario, cuando los oye hablar
del solo asunto que capitanea sus vidas: el dinero. Quieren ser futbolistas,
actores o políticos, no porque quieran serlo de veras, sino porque creen
que son los que más ganan. Hasta aquí hemos llegado en la evolución de la
democracia: el capitalismo de mercado lo convierte todo en mero producto.
Ya digo, estamos exagerando. No importa demasiado porque la reacción es
imposible, y la inercia de las cosas la que manda. No deja de ser paródico que
celebremos los cuarenta años de Mayo del 68 con el ingreso de la Universidad
en el entramado de la Empresa. Pero es que la parodia es el único género
posible hoy en día: otro ejemplo, una cantante muy sufrida, declara que ha
compuesto un tema que suena mucho en el que dice la palabra agua en diecisiete
idiomas, para concienciar a la gente del grave problema que padecemos. Intente
hacer una parodia de eso. Sólo habrá una manera: repetir exactamente las
palabras de la cantante. Todo es parodia ya, o no es nada… Y sin embargo, por
las costuras de las cosas impuestas, de la publicidad aplastante, del muermo
que nos venden como gran cultura todos los sábados y los domingos, se cuela de
vez en cuando algo de verdad, algo de encanto, algo de interés. Son esas cosas
que se cuelan por debajo de las costuras de las cosas impuestas a las que se
les piden beneficios para sobrevivir, las que en zut buscamos desde el primer
número. Ya lo dijimos entonces: somos una isla. Y ser una isla es una de las
pocas cosas respetables que todavía nos dejan los bárbaros.
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