Las ciudades de Conget por Ignacio Martínez de Pisón

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25 febrero, 2015 at 11:11 am  •  Posted in Ficciones, Letras by  •  0 Comments

Las ciudades de Conget por Ignacio Martínez de Pisón

Los libros de José María Conget están fechados en cuatro ciudades: Cádiz, Londres, Sevilla y Nueva York. Pero en la vida de Conget hay unas cuantas más. Echemos un rápido vistazo a su cronología. Nacido en 1948, los primeros veintidós años de su vida (exceptuando las largas vacaciones familiares en Borja y Pamplona) los pasó en Zaragoza, su ciudad natal, donde se licenció en Filosofía y Letras. Tras realizar el servicio militar, el ejercicio de la docencia le llevó durante los años setenta a establecerse en Glasgow, Hellín, Lima y Tudela. La década siguiente la repartió entre Cádiz y Londres, y durante la mayor parte de los noventa vivió en Nueva York, donde trabajó como director de actividades culturales del Instituto Cervantes. De allí volvió a las aulas, esta vez a las de Sevilla, y luego de nuevo al Cervantes, pero en esta ocasión al de París, para regresar finalmente a Sevilla, donde reside en la actualidad… Digamos, pues, que la colección particular de Conget consta de una docena larga de pueblos y ciudades.

En una literatura como la suya, tan cercana a la vida, era inevitable que esas ciudades se hicieran presentes en su obra, unas veces como escenarios y otras directamente como protagonistas. El lector de Conget debe de estar ya pensando en Pont de l’Alma, el volumen en el que el autor reunió sus textos de carácter autobiográfico relacionados con Londres, Nueva York y París. Quien se acerque a Pont de l’Alma buscando algo parecido a esas guías Baedeker que en el pasado utilizaban los viajeros quedará decepcionado. En sus páginas no hay museos indispensables ni calles célebres ni rincones pintorescos, y por supuesto tampoco hoteles ni restaurantes. Hasta tal punto restringe el autor el encuadre que éste acaba coincidiendo a menudo con el de las ventanas a las que se asoma para ver aquello que las ciudades acceden a mostrar de sí mismas. Porque de las ciudades sólo le interesan aquellos lugares que con su paso por ellas se han cargado de significado, y esos lugares al final no son sino la expresión o la cristalización de determinados momentos de su existencia.

En Londres vivió Conget seis años, en Nueva York siete, en París algo menos de dos. El Londres de Conget se abre paso entre esa niebla mítica y victoriana que los libros, las películas y los tebeos añadieron a la ciudad, y una pequeña porción de ese Londres se cuela en su vida cuando descubre que su vivienda ocupa el mismo solar en el que, unas décadas atrás, estuvo el edificio en el que el estrangulador de Rillington Place asesinaba y emparedaba a sus víctimas. Por su parte, la Nueva York de Conget se resume en la vista de la ciudad desde su casa, en los ruidos que llegan desde la calle, en la historia de algún vecino con el que coincide en el portal y, como mucho, en algún paseo por algunas calles cercanas a la suya. Y en cuanto a la tercera capital, en el París de Conget no cabe mucho más: un apartamento prestado, un despacho con vistas a un patio anterior, una figura solitaria cruzando por la noche un puente sobre el Sena…

Pero esas tres ciudades son también tres momentos en la vida de un hombre. Londres es todavía la ciudad en la que el futuro está por escribirse y parece que todo será siempre posible. Nueva York tiene todos los rasgos de la plenitud, pero una plenitud no exenta de melancolía: de ahí la necesidad de retener sensaciones, de ahí esa nostalgia anticipada de quien sabe que no podrá vivir eternamente en esa ciudad. Y cerrando el ciclo está París, una ciudad que, narrada a lo largo de tres cojeras sucesivas, se nos presenta finalmente como el lugar en el que el autor cobra conciencia del paso del tiempo y del irrevocable acceso a la edad madura.

Si hay en el mundo una docena de capitales fácilmente generadoras de clichés, seguro que esas tres están entre ellas. Parte de su encanto consiste en eso, y el viajero primerizo suele deslumbrarse al comprobar cuánto se parecen esas ciudades a sí mismas: entre la imagen preconcebida que tenía de ellas y la imagen que le ofrecen el primer día no hay apenas diferencias. Pero Conget no es un viajero primerizo, y yo diría que ni siquiera un viajero. En sus escritos sobre ciudades se ha eliminado la barrera entre el territorio ajeno y el propio. No escribe como alguien que esté de visita sino como alguien que es de ahí, alguien que ha hecho suyo el lugar, que pertenece a ese lugar en la misma medida en que el lugar le pertenece, ciudadano de un cuarto o un despacho o una escalera o un barrio que llevan ya su sello y se han vuelto suyos para siempre. Tratándose como se trata de una literatura rabiosamente subjetiva, ¿cómo no iba Conget a delimitar su territorio hasta hacerlo coincidir con el de la propia casa y sus inmediaciones, ese espacio común en el que coinciden su yo y el yo de la ciudad?

Hablar de Conget es hablar de una lucha constante contra el adocenamiento. Los reportajes de los suplementos dominicales o de las revistas de las compañías aéreas inventarían con trabajada precisión los tópicos más manoseados sobre el espíritu de las ciudades, y hasta el escritor menos sagaz está preparado para reconocerlos y esquivarlos. Más difícil resulta desprender a esas ciudades del ilustre estuco que sucesivas generaciones de escritores han contribuido a agregarles. ¿Se puede hablar de Londres sin mencionar a Charles Dickens o a Sherlock Holmes, o de Nueva York sin citar Manhattan Transfer o El guardián entre el centeno, o de París sin hablar de Proust o del spleen de Baudelaire, etcétera? El propio Conget llega a la conclusión de que el plano de París (como el de cualquiera de las otras dos ciudades) constituye una antología de la mejor prosa que se ha escrito sobre ella. ¿Para qué, entonces, añadir más literatura a la literatura? ¿Para qué contar esa ciudad tantas veces contada?

En los libros de Conget ninguna ciudad, cualquiera que sea su pedigree literario, es superior a las demás. Lo único que las legitima literariamente es que sean ciudades vividas. De lo contrario serían simple atrezzo, un decorado hermoso pero falso, incongruente con una literatura que precisamente apela más a la verdad de las personas y las cosas que a su simple hermosura. Un decorado, en el caso de Londres, Nueva York o París, con cierto tufillo a provincianismo, porque no hay nada más provinciano que el cosmopolitismo de similor… Conget, que tantas y tan buenas páginas ha dedicado a la vida en la provincia, está felizmente a salvo de los tics del provincianismo, ese provincianismo sobre el que ironiza el narrador de Todas las mujeres cuando habla de esos novelistas que, “con haber pasado quince días en el Barrio Latino y muchas horas con los libros de Cortázar”, hacen de París el escenario de sus historias.

¿Se atreverían esos mismos escritores a ambientar sus historias en Borja o en Hellín? Conget lo hace. De hecho, todos los pueblos y ciudades en los que ha vivido asoman en un momento u otro en las páginas de sus libros, porque las ciudades que han sido importantes en su vida lo son también en su literatura. Del mismo modo, las que no han determinado de ningún modo su existencia ni siquiera comparecen en su obra. Dice el narrador de Todas las mujeres: “Uno sólo siente devoción por las ciudades de la memoria.” La de Conget es, desde luego, una literatura de la memoria, una literatura en la que el ajuste de cuentas con el pasado se entrevera con la evocación del tiempo ido. Y en ese pasado y en ese tiempo ido las calles y los rincones de las diferentes ciudades han acabado formando parte de una misma ciudad, la ciudad de los recuerdos, de manera que puede uno asomarse a una ventana o sentarse a escribir en Cádiz o Nueva York y tener la sensación de estar asomándose o sentándose a escribir en París o Sevilla, y viceversa. En su afán por cartografiar la memoria ha creado Conget una suerte de mapa ideal, ha tejido una red de lugares intercomunicados en el que todas las calles recordadas están unidas entre sí, en el que todas las ciudades del pasado son la misma ciudad, una ciudad construida, por un lado, con recuerdos y, por otro, con las palabras que le permiten convocar esos recuerdos.

De todas las ciudades de Conget hay una, Zaragoza, que merece una atención especial. En su discurso de recepción del Premio Aragón de las Letras 2007, rememoraba el novelista el trayecto que los días lectivos recorría para llegar desde la casa de su abuela hasta el colegio de los jesuitas, es decir, desde el paseo de María Agustín a la altura de la antigua estación de Ágreda hasta la plaza de Paraíso. Apenas unos centenares de metros en los que, sin embargo, cabían muchas cosas: confiterías con escaparates promisorios, estimulantes bloques de hielo recién cortado, chistes infantiles sobre las estatuas de próceres de la antigua facultad de Medicina, obligatorias paradas ante las fotografías del cine Elíseos, un kiosco llamado El Polo Norte, un cruce de calles que el cierzo azotaba con especial violencia… Y en “Fútbol antiguo”, un cuento que recoge sus recuerdos ligados al Real Zaragoza, evoca los lejanos itinerarios dominicales con su padre, que viajaba desde Borja para compartir con él las horas previas al partido en el campo de Torrero: la obligada sesión de limpiabotas, el vermut y la gaseosa en un bar del Tubo, la ritual compra de pasteles en la confitería de al lado de casa, la caminata hasta la parada del tranvía en la plaza de Paraíso, el breve paseo de despedida para comprar la Hoja Deportiva y regresar a Ágreda a coger el autobús de vuelta…

A la vista está que ambos itinerarios de la infancia del escritor se cruzan en más de un punto. Como esos pasatiempos de los tebeos en los que había que trazar una línea que uniera unos puntos numerados hasta acabar descubriendo la figura oculta, los escritos zaragozanos de Conget están llenos de itinerarios perfectamente definidos que el lector puede seguir sin dificultad hasta completar la peculiar topografía de sus recuerdos. El centro de ese dibujo está ocupado por la casa en la que Conget vivía con su abuela y su tía en la esquina de paseo de María Agustín con Capitán Esponera, y desde allí su presencia se va poco a poco irradiando hacia otras zonas hasta completar el mapa de la memoria, de una Zaragoza que acaba constituyéndose en gráfico reflejo de la infancia y la juventud del escritor. Primero la pequeña Zaragoza de los cortos trayectos infantiles, después la Zaragoza algo mayor del adolescente, finalmente la Zaragoza del universitario que sueña con viajar por medio mundo…: las sucesivas ampliaciones de ese mapa retratan con fidelidad un itinerario más profundo, el itinerario de una educación sentimental.

Para el lector zaragozano tiene un interés especial seguir el rastro de los personajes de Conget por la ciudad. Verles comprar tebeos en el mercadillo dominical de Lanuza, junto al Mercado Central, o en los kioscos del Coso o de Hernán Cortés, en los que algunas veces aceptaban trueques, o revolver los estantes de la librería Pons en busca de una edición vieja de Salgari. O verles intentando colarse en las películas para mayores en cines como el Elíseos, o como el Latino, o como el Victoria, o como el Coso (donde no eran demasiado rigurosos con la edad y Conget pudo ver Los paraguas de Cherburgo), o persiguiendo una película de reestreno en algún cine de barrio, como el Rialto o el Torrero. O verles entrar a refugiarse del cierzo en un café, como el Levante, Espumosos, Las Vegas o San Siro. O verles simplemente paseando, enamorados o no, por Independencia, o por el Parque Grande o la plaza de San Francisco o la calle Alfonso o el Arco del Deán… Los kioscos, las librerías, los cines, los bares eran el contrapunto a una Zaragoza bastante menos dichosa, una Zaragoza de resabios autoritarios y tufo sacerdotal que no nos cuesta reconocer a quienes, años después, estudiamos en el mismo colegio que Conget y pasamos como él por la inevitable experiencia de los ejercicios espirituales en la Quinta Julieta.

En varios de sus libros se ha dedicado Conget a cartografiar los lugares de su memoria zaragozana (“esta ciudad que se nos parece”, como se dice en Gaudeamus), y resultan inolvidables algunos episodios vinculados a muy concretos rincones zaragozanos, como ese de Palabras de familia en el que el padre del narrador, dotado de una rara facilidad para pasar inadvertido, finge echar un vistazo a las novedades literarias expuestas en el kiosco del Coliseo Equitativa y acaba mimetizándose de tal manera con el entorno que nadie le importuna mientras él aprovecha para leerse los libros enteros… Ahora me doy cuenta de que he mencionado el Coliseo Equitativa y el mercadillo de Lanuza y cines como el Latino o el Victoria y bares como Espumosos o Las Vegas, nombres que para los zaragozanos más jóvenes ya no significan nada, establecimientos que hace tiempo dejaron de existir. La cosa está clara. Puestos a delimitar un territorio afectivo (y, por tanto, cargado de significado para un escritor), los confines temporales resultan tan determinantes como los espaciales, y para la literatura de Conget, que se fue de Zaragoza tras acabar la carrera, sólo existe esa Zaragoza anterior a 1970, una Zaragoza congelada en el tiempo, inamovible, perfecta en el sentido etimológico del término, una Zaragoza que da la sensación de haber estado ahí siempre y de haber estado para siempre.

Huelga decir que el callejero de esa Zaragoza anterior a 1970 es, lógicamente, el preconstitucional: plaza de José Antonio, calle del Requeté Aragonés, paseos del General Mola y Marina Moreno, Gran Vía de Calvo Sotelo… Los límites de esa Zaragoza de la memoria coinciden con los de una Zaragoza que por el norte terminaba en el Pilar y por el sur no solía ir más allá de la plaza de San Francisco y el campus universitario, una Zaragoza pequeña y provinciana de la que los personajes de Conget escapan de vez en cuando para pasear su melancolía por el Cabezo o rozar la gloria en la alameda del Ebro con algún magreo urgente y clandestino. Éste es el plano de la Zaragoza de Conget: un plano que sigue siendo válido para los protagonistas de sus historias más recientes, del mismo modo que lo fue para los de sus primeras novelas, especialmente para los de Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias y Gaudeamus, que recrean los años de formación de Miguel Zabala, alter ego del novelista. Lo curioso es que a principios de los años ochenta, mientras Conget escribía esos dos libros, aquella Zaragoza de la memoria todavía no había dejado totalmente de existir: se habían modificado ya los nombres de las calles pero, por ejemplo, aún existían muchos de esos bares y esos cines y esos kioscos y esas librerías. A esas alturas del siglo, cuando ya Conget llevaba una docena larga de años alejado de la ciudad, la distancia había acelerado la labor de demolición que suele corresponder al paso del tiempo, y esa Zaragoza todavía del presente pertenecía para él definitivamente al pasado: a esa época indeterminada en la que ocurrían las historias.

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